En general me despierto muy temprano y con mucha energía y alegría, pero mi humor va decayendo hacia la noche. Podría ser hormonal pero…
 
Por la mañana anuncian cielo despejado, nublándose hacia la tarde con probabilidades de chaparrones en la noche.
 
No, no crean que es el último informe del servicio meteorológico, me estoy refiriendo a mi humor diario...
 
En general me despierto muy temprano y con mucha energía y alegría (perdón por la rima) y mi humor va decayendo hacia la noche. Podría ser hormonal (¡qué suerte tenemos las mujeres! ¡Le echamos la culpa de todo a las hormonas!), pero la verdad es que me despierto con una actitud Serrat: “hoy puede ser un gran día” y me acuesto con la actitud Bonnie Tyler: “eclipse total de corazón”.
 
Por la mañana tengo todas las expectativas de lo bueno que va a ser ese día: “Haré Tefilá (la plegaria) con Kavaná (con la intención apropiada), respetaré la dieta, trabajaré con entusiasmo, educaré a mis hijos con Irat Shamáim (Temor al Cielo)”, pero durante el transcurso del día noto que en la mitad del Shemoná Esré (la parte principal de la plegaria) pensé en... digamos, la abuela inglesa de Borges, que después comí un cuarto de chocolate blanco relleno con crema de almendras (¿lo probaron?), que me desaliento porque mi diseño no gustó en la editorial y que le dije a mi hijo que si no terminaba la comida vendría el hombre de la bolsa (a mi también me dan miedo los hombres de Wall Street). O sea, en resumen, mi día se va desencantando.
 
Ahora viene la parte interesante, que por supuesto no tiene nada que ver con mi vida sino que la leí en el libro “En el Jardín de la Fe” del Rab Shalom Arush (si alguien está pasando un momento difícil, se lo recomiendo, si alguien no está pasando un momento difícil, le recomiendo que se preocupe).
 
El Baal Shem Tov paseaba por el bosque (¿notaron que en muchos cuentos jasídicos pasean por el bosque?) cuando se encontró con un viejo aguatero cargado de baldes muy pesados, cuando el Baal Shem Tov lo saludó y le preguntó cómo estaba, el aguatero le contestó con una sonrisa alabando a HaShem por darle la fuerza para realizar ese trabajo tan pesado.
 
 
 
Unos pocos días después en el mismo bosque, el mismo encuentro, pero esta vez el aguatero contestó con una mala cara quejándose de lo difícil de la vida. Este cambio de actitud sorprendió al Baal Shem Tov, que luego de un momento de contemplación sonrió y le agradeció al aguatero: Mi amigo, -le dijo-, me has ayudado a aclarar una pregunta que siempre he tenido: En el tratado de Rosh HaShaná la Mishná dice que una persona es juzgada ese día, pero la Guemará dice que una persona es juzgada por veinticuatro cortes Celestiales cada hora del día. La pregunta en mi mente era: Si en Rosh HaShaná se decreta lo que le va a suceder a la persona ¿por qué tiene que ser juzgada nuevamente cada hora del día?
 
Entonces, el Baal Shem Tov explicó que en esos juicios diarios se determina la manera en que una persona iba a recibir lo que le fue determinado en Rosh HaShaná. Esto quiere decir que si los actos de uno reciben una sentencia favorable, uno recibe su decreto (el de Rosh HaShaná) con felicidad durante esa hora en particular, pero si sus actos no reciben una sentencia favorable, uno recibe su decreto con tristeza y depresión.

¿Lo que aprendí de esto? Que uno genera su propio día y que es posible cambiarlo en cada hora incrementando los actos de bien para recibir un decreto favorable que nos haga recibir con alegría lo que HaShem nos manda. Así que les deseo a todos que hoy terminen su día con un espíritu Louis Armstrong: “Qué mundo tan maravilloso”. Que todos merezcamos un decreto favorable cada hora de cada día.
 
 
(Gentileza de "El Sabor del Rimon")

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