¿Cómo podemos explicar la longevidad del Pueblo Judío, en contra de todas las probabilidades físicas?...


La Llave de la Libertad

Para comenzar, el Mundo Occidental si bien acepta el nacionalismo hasta cierto grado, también enfatiza la necesidad de percibir a todo el pueblo como una fuerza unida luchando por un propósito en común. Sin embargo, la Torá, aunque acepta que todos debemos aspirar a un mismo objetivo - perfeccionar la Creación según el plan maestro del Creador - deja en claro que el Pueblo Judío cumple un papel singular con vistas a tal objetivo.

Este papel tan especial surgió durante la historia de la redención judía tras la esclavitud en Egipto. Como suele ocurrir en la Torá, las confrontaciones no se producen tanto entre dos personas como entre dos ideologías opuestas, en este caso, Moshé y el Faraón. El  hecho de que discutieran sobre la libertad del esclavizado Pueblo Judío es algo secundario, tal como lo ha demostrado la historia.

Después de todo, ¿cómo podemos explicar la longevidad del Pueblo Judío, en contra de todas las probabilidades físicas (hasta nuestros peores enemigos se preguntaron en voz alta cómo es posible que nuestro pueblo haya sobrevivido tanto tiempo)? Nuestra milagrosa capacidad de resistencia (a pesar de la forma en que los antisemitas trataron siempre de diezmar nuestras filas o, en el otro extremo, de las pérdidas debidas a la asimilación y los casamientos mixtos) debe tener una causa y esa causa tiene más que ver con lo que nosotros representamos que con lo que somos.

En otras palabras, si bien es cierto que Di-s amaba a Abraham y le prometió que protegería a sus descendientes, aun así hemos hecho suficiente mal a lo largo de las generaciones para poder explicar el hecho de que Di-s nos haya abandonado. En efecto, el Midrash afirma que si el Pueblo Judío no hubiera aceptado la Torá en el Monte Sinaí en el momento en que la recibieron, entonces todo el universo habría retornado a la nada del Primer Día de la Creación. Fue la aceptación de la Torá la que nos salvó la vida (y al mundo…).

Por lo tanto, el exilio del Pueblo Judío en Egipto representó el exilio de la sociedad basada en la Torá a una sociedad anti-Torá. Después de todo, las “setenta almas” que descendieron a Egipto bajo la dirección de Yaakov eran todos descendientes de Abraham que, según explica el Talmud, cumplió con toda la Torá… ¡cuatrocientos años antes de que fuera entregada!

¿Qué es lo que propugna la Torá? Por sobre todas las cosas, la Torá enseña que el hombre fue hecho a “imagen” de Di-s y por lo tanto se espera que viva a la altura de esa imagen. A pesar de todas las similitudes existentes entre nosotros y los animales, aun así somos muy diferentes, pues se nos confirió un alma que se encuentra a un nivel muchísimo más elevado y además se nos confirió el poder del habla. Los animales no tienen que cumplir preceptos como nosotros  - las siete leyes noájidas de los no-judíos y los seiscientos trece preceptos del Pueblo Judío -  todos los cuales sirven para tratar de emular a nuestro Creador.
Ese no era el punto de vista de los egipcios. En Egipto, los dioses eran a imagen del hombre y el mundo natural que los rodeaba. Dentro de tal filosofía uno puede encontrar un sinfín de rituales pero muy pocos preceptos como los que nos manda la Torá. Tal vez los rituales sean extenuantes, pero satisfacen una necesidad física o psicológica y por lo tanto, están manifestando un determinado interés. Por el contrario, los preceptos de la Torá nos exigen cosas que de otro modo tal vez nunca habríamos hecho, con un propósito con el cual en otras circunstancias tal vez no nos habríamos identificado.

Es por eso que Egipto, a pesar de todos sus dioses, seguía siendo una sociedad extremadamente sibarita. El auto-engrandecimiento y la gratificación física era lo que los caracterizaba, por lo general a expensas de otros, como por ejemplo, el Pueblo Judío. De más está decir que Egipto no llegó ni de cerca a justificar su existencia según los estándares de Di-s.

¿Acaso Di-s diezmó a Egipto en forma sistemática y total y liberó en forma milagrosa al Pueblo Judío para que éste pudiera imitar el estilo de vida egipcio a su propia manera? En la historia mundial ha habido innumerables naciones esclavizadas, pero Di-s casi nunca –o nunca- invirtió todo el curso de la historia para liberarlas.

Además, ¿qué era lo peor que le podría haber ocurrido al Pueblo Judío si se hubiera quedado en Egipto más tiempo? El comercio de esclavos transportó a los negros desde Sudáfrica en el siglo dieciocho y los esclavizó en Norteamérica durante muchísimo tiempo. Sin embargo, con el paso de los años, la esclavitud fue abolida y hoy en día Norteamérica trata por todos los medios de superar las innumerables formas de prejuicios raciales. Los negros fueron liberados y ahora luchan por convertirse en norteamericanos igual que los blancos, y de obtener los mismos beneficios.

Del mismo modo, podríamos pensar que si el Pueblo Judío se hubiera quedado en Egipto más tiempo, ellos también se habrían beneficiado de la revolución política y de los cambios en el gobierno. No hubo ninguna nación que haya dominado eternamente ni tampoco ha habido ninguna nación que haya sido esclavizada eternamente.  En algún momento, la nación judía se habría liberado y el éxodo de Egipto sólo sirvió para acelerar el proceso.

Entonces ¿qué fue lo que se ganó? ¿Cuál fue la crisis que, por así decirlo, “Le hizo perder la paciencia a Di-s”? Es verdad que en términos físicos el Pueblo Judío algún día iba a conocer la libertad… pero la pregunta es ¿qué iba a ocurrir con respecto a la libertad espiritual? Si Di-s no hubiera interferido en el destino judío trayendo las Diez Plagas, entonces el Pueblo Judío habría perdido toda conexión con sus ancestros y se habría asimilado por completo a la sociedad egipcia, disolviendo por completo la base de la Torá. ¡Así como estaban, ya idolatraban a los dioses egipcios!

Esto es lo que conmemoramos cada Pesaj: Egipto era una nación, pero más que nada era el nombre de una cierta actitud sobre cómo encarar la vida. Siendo así, ahora podemos apreciar el mandato de la Hagadá a todas las generaciones subsiguientes, cuando dice que deben considerarse a sí mismas “como si ellas también hubieran salido de Egipto”. La nación de Egipto fue destruida, pero la “filosofía de Egipto” continúa vigente en cada generación, ya sea en la España del siglo quince, en la Europa del siglo diecinueve o en los EEUU del siglo veinte. Y siempre vuelve a desafiar el sistema de valores del judío, haciendo todo lo posible para que éste se aleje de su misión Divina.

Es por eso que en Pesaj ponemos tanto énfasis en anular todo el jametz (masa fermentada). De hecho, la prohibición es tan grave que el judío que consume jametz en forma intencional durante la semana de Pesaj es “cortado” del Pueblo Judío (!). Es obvio que el jametz, o por lo menos el concepto que se oculta tras de él, guarda una estrecha relación con aquello que simbolizaba la nación de Egipto y aquello que el judío supuestamente debe superar.

Después de todo, ¿qué es el jametz sino matzá “hinchada”? Cuando una mezcla de harina y agua se deja estar sin tocar durante al menos dieciocho minutos, se inicia un proceso de fermentación que deja entrar el aire en la masa, haciendo que ésta se eleve. El agregado de levadura acelera este proceso y transforma a la matzá chata en un pan inflado con aire.

Esto constituye una parábola del ser humano quien, psicológicamente hablando, es una combinación de su personalidad esencial y aquello que puede denominarse “la parte hinchada de su personalidad”. Ésta última es la parte de nosotros que actúa cuando nos encontramos “en el escenario”, proyectando imágenes de nosotros mismos que no son una representación exacta de lo que verdaderamente pensamos y sentimos.

Sin embargo, estamos tan acostumbrados a actuar de esa forma que al final nos convencemos de que ése es el verdadero “nosotros” cuando en realidad no lo es. Esta “errónea auto-percepción” también interfiere en nuestra relación con Di-s y en la aceptación de nuestras responsabilidades referentes a la Torá. De allí que Pesaj sea el momento de eliminar el jametz, es decir, de volver a nuestra esencia básica y de reconectarnos con nuestro “yo” verdadero, así como también con el espectacular destino que nos aguarda como judíos una vez que decidamos “volver a casa”. Pesaj es la llave de nuestra libertad.

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